Una pequeña semilla de manzana cayó en la tierra húmeda, pero fue cubierta por una gran roca. Pasaron los meses, y la semilla, sintiéndose olvidada y atrapada en la oscuridad, dudó de su propósito. “Estoy muerta”, pensó, “mi vida terminó antes de empezar”.
Pero en su interior, el potencial que Dios le había dado era indetenible. Sin que la roca lo notara, la semilla se quebró, no por derrota, sino para liberar una pequeña y tenaz raíz que buscó profundidad y un tallo que, con increíble fuerza, comenzó a empujar. Tardó semanas, pero el tallo encontró una fisura y, con un último y poderoso esfuerzo, hizo a un lado un pequeño fragmento de la roca y vio la luz.
Años después, en ese mismo lugar, ya no había una semilla muerta, sino un hermoso manzano que daba sombra y fruto. La vida de un cristiano es como esa semilla. A veces, la aflicción y la oscuridad nos cubren, pero Dios no nos da una vida para que termine en la tierra, sino para que se rompa y, a través de Su poder, surja algo nuevo, fuerte y fructífero.
Cristina García.

