Las manos de mi padre ya no tienen la misma fuerza de antes, pero sostienen mi mundo con la misma firmeza.
Ayer lo miraba en silencio mientras tomaba su café. Vi las líneas en su rostro, las marcas del sol de tantos años de trabajo y entrega. Me di cuenta de que muchas de esas arrugas se formaron por sonreír al verme crecer, y otras tantas por las noches de desvelo orando por mí cuando la vida se ponía difícil.
A veces damos por sentado que ellos siempre estarán ahí. Olvidamos que el tiempo corre y que la mayor bendición que Dios nos dio después de la salvación, fue el refugio de unos padres que nos aman. En Efesios 6:2 la Palabra nos regala una promesa hermosa: “Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien…”.
Honrar no es solo obedecer cuando somos niños; es llamar por teléfono en medio de un día ocupado, es escuchar la misma historia por décima vez con una sonrisa, es tomarlos de la mano y decirles: “Gracias, aquí estoy”. El amor a nuestros padres es el reflejo más puro del amor de Dios hacia nosotros: incondicional, paciente y eterno.
Si hoy tienes la bendición de tenerlos cerca, abrázalos. Si están lejos, llámalos. Y si ya descansan con el Señor, dale gracias a Dios por el legado que dejaron en tu vida.

