En el escenario global del Mundial de Fútbol 2026, donde el estruendo de las gradas y la presión de la competencia parecen dominarlo todo, hay momentos que nos recuerdan que, detrás de cada atleta, late un corazón en búsqueda de propósito.
Durante el reciente debut de la selección de Brasil frente a Marruecos en el Estadio Nueva York/Nueva Jersey, una imagen capturó la esencia más profunda del guardameta brasileño Alisson Becker: su biblia, su compañera inseparable, caminando con él hacia el terreno de juego.
Para Becker, de 33 años, la fe no es un amuleto, sino el ancla que le permitió navegar por la tormenta más oscura de su vida.
El camino del arquero no ha estado exento de profundos valles. Durante la temporada 2020-2021, mientras defendía la camiseta del Liverpool, el mundo de Alisson se estremeció con la inesperada pérdida de su padre, quien falleció tras un accidente en un lago cercano a su hogar. Aquel golpe, que pudo haber fracturado su carrera y su espíritu, terminó convirtiéndose en un testimonio de resiliencia.
“Dios puso su mano sobre mi cabeza hoy”
Recordó el futobolista, reconociendo que, en los momentos de mayor orfandad, el amor divino se manifestó a través de la presencia y el apoyo incondicional de sus seres queridos.
“Así es como Dios nos ama, a través de las personas”
Aunque Alisson fue formado en un hogar cristiano, él mismo admite que su fe, durante años, fue una cuestión de tradición y familiaridad. No obstante, las pruebas de la vida transformaron esa herencia en una relación íntima y viva. Hoy, el futbolista no solo reconoce a Dios como parte esencial de su cotidianidad, sino que ha convertido su desempeño en la cancha en una forma de adoración.
Mientras el Mundial 2026 sigue su curso, Becker ha dejado claro que su prioridad trasciende el marcador. En cada atajada y en cada minuto bajo los tres palos, su propósito es exaltar el nombre de aquello en lo que cree, llevando un mensaje de esperanza a quienes lo observan.
Cristina García.

